Alan Moore y la Magia


 

Alan Moore anunció que iba a convertirse en Mago en 1993, justo el mismo día que cumplía 40 años. Esta drástica decisión no tenía en el fondo nada de sorprendente para quien hubiera seguido la obra del barbudo hasta esa fecha, pues se notaba que la Magia ya estaba dando vueltas en su hiperactivo cerebro desde hacía mucho tiempo. En La cosa del Pantano, realizada a  mediados de los 80, aparecen algunas tramas y personajes directamente relacionados con lo mágico. También en series como Miracle Man, V de Vendetta o Watchmen, podemos encontrar pistas sobre las ideas de Moore acerca del poder de la imaginación, los símbolos y el lenguaje para condicionar nuestra percepción y vivencia de lo real, algo muy importante en el desarrollo de su concepción de la Magia. Pero, no sería hasta From Hell, cuya realización abarcó 10 años, que Moore no terminó por profundizar en el tema con páginas memorables en torno a la arquitectura masónica, los cultos paganos y el ritual mágico, además de plantear algunas hipótesis sobre el triunfo de los cultos solares (masculinos) en detrimento de las antiguas culturas matriarcales. Posteriormente, con las representaciones teatrales Serpientes y Escaleras o El Amnios Natal (ambos adaptados después al comic por su compañero en From Hell, Eddie Campbell) trató el tema de la Magia mezclándolo con asuntos como el tiempo, la memoria y la psicogeografía. Y ya en la serie Promethea, de una forma mucho más detallada y profunda, se lanzó a compartir con el público parte de sus propias investigaciones y experiencias en torno al Tarot, la Cábala, la Magia Ritual u otros aspectos tradicionales del ocultismo. También intervino en un documental, The Mindscape of Alan Moore, e escribió artículos para oscuras revistas ocultistas [1], exponiendo sus ideas sobre la Magia de una forma sencilla y relativamente comprensible, aunque, por supuesto, con toda la flema inglesa que le caracteriza.

 

Está claro que Moore no es el primer escritor o artista que se lanza a este tipo de aventuras relacionadas con lo mágico. A lo largo de la historia de la literatura, la pintura, la poesía, la música, etc, nos encontramos con multitud de ejemplos donde la Magia y otros aspectos de eso que se ha venido a llamar el ocultismo han tenido su parte de protagonismo. Aunque habría que examinar con detalle el grado de implicación de cada uno, la lista de artistas es sumamente larga con tan solo tener en cuenta los últimos dos o tres siglos: William Blake, Rimbaud, Gerard de Nerval, Yeats, Fernando Pessoa, August Strindberg, J. E. Cirlot, Andre Breton, Victor Brauner, Leonora Carrington, etc, etc. Pero, por centrarnos en un antecedente más directo y de alguna manera comparable, nos quedaremos con el caso de Alejandro Jodorowsky, el cual ha plasmado en comics, ensayos, novelas y películas muchas ideas en torno a la Magia que, al igual que pasa con Alan Moore, renuevan o incluso contradicen con sentido del humor e irreverencia muchos lugares comunes del mundillo ocultista. Ambos autores se han esforzado por mostrar a la luz ideas complejas y extrañas a la lógica racionalista, para desvestirlas de su carga de hermetismo y mostrarlas perfectamente empaquetadas, por así decirlo, para el consumo masivo. Una labor, tanto la de Moore como la de Jodorowsky, cada cual a su manera, que ha resultado crucial en la decidida “poperización” que ha tenido lugar en las últimas décadas sobre este tipo de temas. La noción del ocultismo como una disciplina reservada para oscuros iniciados (o sencillamente para gente “pirada”) ha quedado obsoleta. Muy al contrario, las librerías cuentan cada vez más con ediciones modernas y de diseños atractivos dirigidos a un público muy amplio. De tal manera que hoy en día no es nada difícil encontrar un texto de Aleister Crowley al lado de, por ejemplo, uno sobre marxismo … y muy poca gente se tira de los pelos. Dejemos a un lado si esto es positivo o negativo, en todo caso es un síntoma de que este tipo de ideas interesan cada día más a mucha gente.

 

Pero volvamos a Moore y Jodorowsky. Ambos autores han llegado a la Magia partiendo de una actividad creativa, Moore desde el comic y Jodorowsky desde el teatro, dándose de bruces con las relaciones entre lo mágico y lo artístico. Sin embargo, la diferencia capital entre los dos esté, quizás, en el esfuerzo del primero en construir una teoría que podríamos definir como filosófica, abierta a la especulación a través de la ficción, mientras que Jodorowsky tiende más a lo práctico jugando con una ambigüedad poético-mística de vodevil con ínfulas chamánicas o curativas. Donde Moore plantea hipótesis y caminos especulativos de largo alcance, Jodorowsky suele dotar a sus historias de una intención alegórica y terapéutica que suponen siempre algún tipo de pedagogía de lo cotidiano, lo cual hace que inevitablemente adquiera esa imagen de gurú que tantos enemigos le ha procurado. Pero, en todo caso, ambos autores han llegado a una conclusión muy similar: tanto el Arte como la Magia se basan en manipular la consciencia del “espectador” mediante las ardides de un embaucador. Lejos de esconderlo como una vergüenza han hecho de ello su confeso modus operandi, sumergiéndose en una empresa que a la larga parece destinada a difuminar los límites entre Arte y Magia hasta un punto en que ya no importe tal distinción. En el fondo de todo ello está el deseo de recuperar para el Arte las propiedades transformadoras de la Magia, aunque para ello tengan que usar el vehículo de la todopoderosa industria del entretenimiento.

 

A falta todavía de la tan esperada Jerusalem, novela en la que Moore ha trabajado largo tiempo (ya editada en los países de habla inglesa y anunciada en España para 2017), Promethea es, en cierta manera, el compendio más completo de sus ideas sobre la Magia. Sin embargo, es necesario señalar por eso de situarnos bien en el contexto, que si bien obras como Serpientes y Escaleras o Amnios Total estaban concebidas para un público relativamente minoritario, en el caso de Promethea hablamos de un comic que fue publicado a través de America's Best Comics, la misma línea editorial donde vieron la luz títulos tan comerciales de Moore como Tom Strong o Top Ten. Esto significaba que sus lectores potenciales iban a ser los aficionados a los superhéroes. Y de hecho Promethea ofrece altas dosis de acción trepidante, individuos con poderes extraordinarios, parafernalia de ciencia-ficción y un tono entre lo tenebroso y lo postmoderno que lo acerca a otros comics de éxito como pueden ser Hellblazer o las innumerables series que Grant Morrison concibe como churros una detrás de la otra. Sin embargo, pronto se desveló que todo era una treta de Moore para llevar a cabo su verdadero plan: bombardear la mente de los lectores inocentes con toda una amalgama de conceptos provenientes del cabalismo, el tarot, Aleister Crowley, la Golden Dawn, Carl Jung, Austin O. Spare y mil fuentes más entremezcladas en un coctel explosivo.  El trago no tuvo que ser fácil para muchos aficionados que esperaban seguir una sencilla y entretenida historia de superhéroes, de hecho, cuando la serie eclosionó llegó a perder de golpe varios miles de lectores [2]. Así pues, Promethea es una serie claramente dividida en dos niveles de lectura: es un comic de superhéroes y a la vez es una especie de manual de iniciación a la Magia. Es bastante complicado decidir si el conjunto está bien equilibrado, si realmente merecía la pena suavizar el contenido esotérico con los elementos típicos del género de superhéroes, puede que entretenidos y hasta ingeniosos, pero evidentemente chirriantes en relación a la atmósfera tan especial conseguida en la parte mágica. No obstante, hay que admitir que estas concesiones al género de superhéroes están más que justificadas en el plan global de la obra, pues Moore lo usa para recordarnos permanentemente al fin y al cabo se trata de un simple tebeo, algo de suma importancia en el mensaje que intenta transmitirnos.

 

Por lo tanto, partiendo del hecho de que hablamos de un tebeo, ni más ni menos, nos encontraremos con que Moore decidió saltarse a la torera infinidad de tópicos y convenciones en torno al mundillo ocultista, manejando conceptos tradicionales y altamente codificados de una forma muy relajada. De hecho, Moore es el primero que admite que se tomó una considerable libertad a la hora de perpetrar muchas de sus conjeturas, como, por ejemplo, cuando interpreta el Tarot y sus conexiones con la Cábala, ambas disciplinas consideradas por él como sistemas vivos y maleables, y por tanto susceptibles de ser desarrollados libremente. En ese sentido, pongamos como perfecto ejemplo el número 12 de la serie, donde se las ingenia para contar la historia del universo y  de la humanidad a través de la simbología de los 22 arcanos del Tarot. Si en From Hell se permitía hacer una interpretación imaginaria (en parte probable, en parte totalmente fantástica) de un hecho histórico (los asesinatos no resueltos de Jack el Destripador), en esta ocasión lo hace nada menos que con el devenir del ser humano tanto en el pasado como especulando sobre su futuro, con un carácter que podríamos definir como utópico en todos los sentidos.

 

Aun así, pese a su libertad de inventiva, otros muchos aspectos de Promethea dependen de ideas que abiertamente han sido fusiladas de aquí y de allá, producto tanto de la heterogeneidad propio de Moore como del sesudo estudio de varias autoridades en la materia. Es el caso de su deuda con Aleister Crowley, del que, por ejemplo, toma prestada su fascinante (seguro que incluso para muchos ateos, como es el caso de un servidor) interpretación de la idea de los Dioses como la proyección de un Yo Supremo, o lo que es lo mismo: la Voluntad del universo encarnado en el ser humano. La Magía sería, bajo este punto de vista, un trabajo de ascenso por el Arbol de la Vida cabalístico (usado como un mapa o carta de navegación) para lograr el reencuentro con nuestra verdadera naturaleza cósmica (material, pero también trascendente) que quedó escindida en algún momento del pasado. Y lo cierto es que ésta no es, ni mucho menos, la única referencia a conceptos del tan mitificado como denostado Aleister Crowley [3], ya que se trata de una presencia permanente en todas las fases del viaje que la protagonista de Promethea emprende en su recorrida por la Magia. Así, Moore también parece asumir enteramente su doctrina (aunque rebajada en cuanto al rabioso machismo que hay en los escritos de Crowley) de que hay principios femeninos y masculinos, articulados mediante símbolos e instrumentos rituales que representan ambos polos, por otro lado, ya presente en muchos tipos de tradiciones y autores del esoterismo. Lo cual, debe quedar claro, tiene que ver poco con el género sexual en el sentido literal. De esta manera, resulta que La Espada (lo masculino) es la fuerza motriz y creadora; en el otro extremo está el cáliz (lo femenino), que es la fuente y recipiente de la compasión y la vida. Tales son, en esencia, los elementos del juego dialéctico de atracciones (el Amor) que según algunas tradiciones fundamenta el universo y que designa que todos los magos (sean del sexo que sean) son seres masculinos que buscan la feminidad, partiendo de un acto de voluntad hacia una experiencia de conocimiento [4]. Algo que en la práctica se traduce en una revalorización del mito del matriarcado y que en muchos sentidos ha terminado por calar en ámbitos que en apariencia poco tienen que ver con la Magia como es la política y los movimientos sociales, pues en la raíz de la crítica al capitalismo hay necesariamente una repulsa al patriarcado. En ese sentido, Moore se permite un chascarrillo en el número 10 (especialmente dedicado a la magia sexual) de Promethea: todos esos valientes y robustos caballeros de la leyenda artúrica que buscaban el  Grial adoraban inconscientemente la feminidad: su más profundo deseo era convertirse en mujeres. Según Moore, cada vez que se celebra y escenifica el mito artúrico, en apariencia tan dado a celebrar la virilidad castrense, en realidad se está haciendo honor a la Diosa, lo cual es realmente irónico.

 

Vale, es muy posible que a estas alturas se nos haya disparado la alarma del escepticismo. Tanta verborrea magufa de tufillo sobrenatural nos pone en guardia irremediablemente. Pero tranquilos, tengamos en cuenta que Moore desarrolla en Promethea su personal apología de la no literalización de la Magia. Lo cual significa que lo mágico no está en sus símbolos como tales, por muy rimbombantes que sean, sino en el efecto que mediante su representación ritual, o tal como  afirma Moore, mediante su escenificación a través de la ficción, producen en la realidad humana. Por tanto, creer que un Mago puede producir cambios físicos y tangibles a voluntad, como podría ser levantar una mesa del suelo con solo la fuerza de su deseo o con ayuda de entidades sobrenaturales, es caer en la burda literalidad del mito creado alrededor de la figura del Mago. La intervención sobrenatural o los poderes mágicos no son más que aspectos simbólicos (aunque especialmente potentes) de una ficción que debe ser puesta en escena por nuestra imaginación para superar ciertos límites emocionales y subconscientes, pero caer en la burda literalidad de esos símbolos es caer en el mismo error que muchos creyentes religiosos cuando dan crédito a las escrituras sagradas. En cambio, Moore usa la Magia como un necesario dispositivo mental con el que distanciarse (y distanciarnos) de los modos de pensar y actuar convencionales, tan moldeados a imagen y semejanza del materialismo más burdo. Indudablemente, cualquier experimento planteado desde la perspectiva de Moore puede llevarnos a terrenos resbaladizos, aunque fascinantes. Si bien es posible dejar a un lado lo sobrenatural, es innegable que la Magia (sobretodo si se pasa de la teoría a la práctica) puede abrirnos a una intensa vivencia de estados alterados de consciencia, así como a aceptar todo tipo de teorías sofisticadas (por no decir delirantes) en cuanto a la naturaleza de la realidad, lo cual no plantea pocos peligros. Para ello resulta ineludible conservar la distancia y la ironía, tal y como propugnaba el discordianismo (del que Moore ha tomado muchas cosas) y otros movimientos contraculturales que han jugado con ideas ocultistas sin por ello dejar de burlarse ferozmente del propio ocultismo (y de camino de la religión y cualquier otro tipo de dogmatismo ideológico) [5]. No obstante, con Moore no podemos hablar tanto de burla como de una falta absoluta de prejuicios para mezclar lo que le venga en gana, aunque siempre sin perder la perspectiva de la salida de emergencia del humor. A esta heterogeneidad se suma una enorme y convincente capacidad especulativa, tanto que el lector puede terminar por creer que sus elucubraciones son la verdad absoluta. Al fin y al cabo son ideas que se refieren a los fundamentos de la existencia... ¡sería muy bonito y fácil encontrar el sentido del universo en un comic! Pero recordemos lo que el propio Moore repite incansablemente: “[…] no existe la Magia salvo en la ficción. No existen los dioses, salvo en la mente del ser humano. La Magia no existe, y por lo tanto, fuera de la ficción y el engaño, los magos no existen […] Como cualquier niño te diría, la Magia solo es apariencia”. [6]

Tengamos ahora en cuenta que Moore sugiere una teorización de la magia que toma como punto de partida la Imaginación, o eso que él llama la Inmateria o también Espacioidea, ya sea como vivencia interior de un individuo (mediante la meditación, los sueños, las visiones provocadas por las drogas u otros medios), ya sea tomando parte de  un contexto simbólico e intersubjetivo (los mitos, las religiones y en muchos casos las ideologías políticas). A medio camino entre estas dos vías nos encontramos con las ficciones, según Moore equiparables hasta cierto punto a los mitos y las parábolas religiosas. Bajo esta perspectiva, dioses, ángeles y demás seres de la imaginería sobrenatural no son más que ficciones, aunque cargadas de tal potencia simbólica que en ciertas circunstancias pueden llegar a aparentar autonomía, por no decir vida propia (especialmente para quien cree en ellas de forma literal). Moore no tiene ningún problema en conceder ese poder a las ficciones ordinarias (personajes de cuentos, novelas, películas, comics). Incluso nos recuerda que los Magos de la antigüedad transmitían su sabiduría a través de ideogramas y jeroglíficos, por lo que dioses como Osiris o Seth serían los protagonistas  de relatos transmitidos de una manera muy similar a los comics. De ahí su defensa de que la enseñanza de la Magia (teórica y práctica) pueda aplicarse perfectamente desde un tebeo como Promethea.

 

Este concepto de lo imaginario, tan caro en su más reciente trayectoria creativa, lo aleja radicalmente de otros autores que también han tratado el tema en un contexto similar. En este caso hay que señalar las argumentaciones de Henry Corbin [7] sobre la diferencia entre lo IMAGINARIO (el producto ordinario de la mente por estímulo del mundo sensible) y lo IMAGINAL (el estado intermedio entre el espíritu humano y la naturaleza incognoscible de lo divino). Así pues, lo Imaginal sería para Corbin un mecanismo interior donde se forman (tras una serie de prácticas muy precisas) los símbolos que por analogía harán posible al místico comprender o incluso vivenciar indirectamente lo sagrado. La evidente divergencia entre Moore y Corbin está en que el primero no desprecia en ningún momento los sueños comunes, los merodeos mentales o incluso, como ya hemos visto, las fantasías incitadas por un tebeo de superhéroes,  pues bajo su punto de vista suponen posibles puentes hacia estados más complejos no necesariamente trascendentes en un sentido sobrenatural, aunque sí mental. Corbin es mucho más estricto, tendente a la moralización puritana de los religiosos dogmáticos, y no se corta en alertar sobre el carácter perversamente mundano de la imaginación cotidiana. Aunque eso no quita que sus especulaciones sean realmente interesantes y en ocasiones cargadas de una fuerza poética indiscutible.

 

Por su parte, Alan Moore intenta demostrar que hay un nexo entre la mera fantasía y el contenido de las visiones místicas. Su manera de hacerlo es, como vemos en Promethea, a través de la proyección de lo imaginario en una serie de ideas presentadas en igualdad ontológica, ya se trate de elementos realistas y cotidianos, como de superhéroes,  demonios o dioses. Eliminando con verdadera insolencia el carácter secretista de los textos mágicos que le sirven de inspiración (algunos son incunables de más de 1000 años), Moore se las ingenia para hacer convivir ideas por las que habría ardido en la hoguera de vivir en la edad media con invenciones para adolescentes jugadores de rol, elevando así la fantasía de los comics a la más profunda especulación esotérica, o si se prefiere, rebajando los altos vuelos del ocultismo a la humildad de los superhéroes. Igualmente podríamos decir que socializa la noción de lo mágico, dejando claro que, al margen de liturgias y grados de iniciación, cualquiera puede investigar los laberintos de la Magia leyendo un simple tebeo. Si la capacidad de imaginar es común a todos, entonces la Magia también lo es. 


Una vez llegados a este punto habría que preguntarse: ¿Para qué sirve la Magia? Una pregunta nada peregrina en un mundo tan acosado por el materialismo ramplón y donde la tecnología parece haber colonizado eficazmente el espacio antes ocupado por el anhelo de milagros y portentos. Y precisamente por eso, según Alan Moore, la Magia debe volver a recuperar un lugar en nuestra civilización. Aunque no exista tal y como nos cuentan tantos relatos legendarios, para Moore la Magia sí posee el poder tangible de reordenar el mundo, porque ante todo tiene el poder de transformar nuestra propia consciencia. Y esto es posible porque la Magia se fundamenta en aquello que es la base de la existencia humana: el lenguaje. El Mago (como el Artista o el Poeta) manipula el lenguaje para transformar su capacidad de entender y vivir el mundo, pero también eso ocurre en un sentido negativo, como rápidamente descubrieron los medios de comunicación de masas, las empresas publicitarias o cualquier forma de poder totalitario. Por ejemplo, creemos que el valor del dinero es real o asumimos la autoridad de ciertas instituciones políticas o sociales, por muy destructivas y opresivas que puedan ser, porque hemos interiorizado el mito que los hace posibles (aunque claro está, con la ayuda de un alto grado de coerción y violencia). Toda civilización depende de un condicionamiento colectivo a unos factores provenientes de lo puramente imaginario, cristalizados en un sistema de ideas y símbolos acuñados por interés de una clase o una corporación dominante, mediante un proceso que podríamos definir con toda razón como mágico. En ese sentido, Alan Moore propone la Magia como una herramienta para escapar a tal condicionamiento, una forma de contrarrestar esos símbolos, imágenes, rituales, sacrificios que apresan nuestras consciencias y nuestros cuerpos. La Magia es, por tanto, un modo especialmente radical de búsqueda de un Yo liberado, la Voluntad que de alguna manera puede acabar por transformar nuestra realidad. Aunque en un primer paso Moore lo plantea como una forma individual de percibir y contrarrestar la dominación, en un segundo movimiento podría ser algo colectivo, por lo tanto hay en ello un significado político que no tendría porque ser incompatible con otras formas de luchas y resistencias.

 

Moore ha logrado, por el momento, introducir en la cultura popular una serie de conceptos y cuestionamientos que por sí mismos son perturbadores. Más allá de una simple (aunque necesaria) crítica al burdo materialismo, el patriarcado o la excesiva proliferación de la tecnología en el mundo contemporáneo, obras como Promethea escenifican (aunque de una manera muy peculiar) una exigencia presente en buena parte del pensamiento crítico y utópico de los últimos siglos: frente al desencantamiento del mundo llevado a cabo por el totalitarismo racionalista/patriarcal/capitalista, el ser humano debe rebelarse y oponer el reencantamiento de la vida. Moore lo plantea desde un espíritu abiertamente libertario, jugando a contraponer los mecanismos de la Magia frente a los de la religión afirma cosas como “… si podemos afirmar que  el fascismo es el equivalente político más cercano de la religión, ¿acaso no se podría decir también que la magia tiene un parentesco más natural con la anarquía, que es el opuesto del fascismo?” [8]. Bajo toda su idea de lo que es la magia subyace que nada es más importante que la libertad. La tarea de cualquier Mago es, ante todo, explorar con total libertad cual es la verdadera naturaleza del ser humano. No parece un mal plan.

 

Artículo de Antonio Ramírez

(Es una reescritura y ampliación tomando como base esta otra reseña)

 

 

Notas:

 

[1] Concretamente “Fossil Angels”, artículo previamente destinado a la revista Kaos pero que permaneció inédita hasta que fue rescatada por algunas pequeñas publicaciones underground ocultistas. En 2014 la editorial La Felguera publicó una versión en castellano. Aunque la versión original no llega a las cuarenta páginas la versión española tiene 164, siendo innecesariamente engordado con una larga introducción, infinidad de notas e ilustraciones de todo tipo.

 

[2] Lo comenta el propio Moore en una entrevista incluida en Serpientes y Escaleras. Recerca/Aleta 2005.

 

[3] Una interesante biografía, que ni cae en el culto ni en la demonización, es Su Satánica Majestad, Aleister Crowley. Melusina. 2008

 

[4] Todas estas ideas de Crowley (asumidas en pate por Alan Moore) sobre el sexo, al menos en lo que suponen de liberación en las relaciones sexuales o en las convenciones sobre la noción de género, pueden ser equiparables a las que circularon en las décadas de los 60 y 70 durante eso que se vino a llamar la Revolución sexual, una amalgama de discursos y prácticas provenientes de Freud, Wilhem Reich, el surrealismo, el feminismo, Sade y todo un extenso repertorio de conceptos a medio camino entre el pensamiento libertino y libertario.

 

[5] Ver mucha información sobre el discordianismo en esta dirección http://es.wikipedia.org/wiki/Discordianismo

 

[6] Serpientes y Escaleras. Recerca/Aleta 2005.

 

[7] Filósofo e islamista francés especializado en el sufismo. Sobre lo imaginal ver por ejemplo su libro El Imán Oculto. Losada. 2005

 

[8] Ángeles fósiles, página 117.