Antes de que Hollywood comenzara a ver un filón comercial en sus obras, Philip K. Dick solo era célebre en dos ámbitos tangenciales a la cultura oficial: por un lado entre ciertos aficionados de la ciencia-ficción, para los que era un autor de culto, y por el otro, sobretodo a partir de los 60, entre mucha gente vinculada a los movimientos contraculturales, especialmente por su relación con las drogas (Tim Leary y John Lennon quisieron adaptar en 1966 Los tres estigmas de Palmer Eldritch, uno de los libros más alucinatorios y terroríficos de Dick). En todo caso, resultaba ser un escritor nada convencional dentro del género. Sus libros giraban en torno a unas obsesiones muy precisas que se repetían una y otra vez en todas sus novelas: la verdadera naturaleza de lo real, el totalitarismo, la paranoia, las drogas, la religión... En casi una cuarentena de títulos escritos a lo largo de 30 años fue construyendo lo que muchos llaman el universo dickiano. Con unos parámetros bien reconocibles y divididos en periodos, Dick fue materializando una versión del género, que si bien se apoyaba en los temas típicos, se fue tornando visiblemente con el tiempo en algo demasiado personal como para colocarse cómodamente al lado de otros autores de ciencia-ficción. Portador de un carácter profundamente filosófico y especulativo que paulatinamente fue ocupando toda su literatura, a finales de los setenta culmina con unos textos que sobrepasan la ciencia-ficción para llegar a la metafísica y finalmente a la especulación teológica más delirante.

 

En una etapa inicial y en forma de cuentos escritos a una increíble velocidad, gracias, según admitiría  él mismo, a la estimulación de la bezendrina, nos encontramos un joven Dick decidido a tocar los temas típicos dentro del género, pero que bajo su escrutinio se volverán insólitos y cargados de una tensión prácticamente desconocida en otros autores de su momento. La exploración interplanetaria, la invasión alienígena, la amenaza mutante o los poderes psíquicos, entre otros temas clásicos, cobran un sentido tenebrosamente premonitorio y amenazante que no disimula en numerosas ocasiones una pesimista crítica social. No en vano comienza a escribir y publicar en la década de los 50, cuando Estados Unidos se hallaba inmerso en una escalada armamentística sin precedentes y dentro de una campaña de ofensiva estratégica contra el supuesto enemigo comunista en la que no ahorraría recursos dentro y fuera de sus fronteras. Este contexto pésimo dotó a la época de un ambiente de pre-guerra que se vio reflejado de diferentes maneras en la sociedad americana y, por fuerza, en el resto del mundo. Naturalmente esto también ocurrió con los escritos de Dick. Por aquella época vivía en la tradicionalmente progresista ciudad de Berkeley, puerto seguro para beatniks, intelectuales de izquierdas, estudiantes radicales, locos varios y una variopinta población de aspirantes a revolucionarios que comenzaron a ensayar una micro-sociedad que vería su explosiva expansión a mediados de los 60. Esto no dejaría de influir en él, en su manera de pensar, de ser, para convertirse, según su propia confesión, en un típico lugareño que habitaba Berkeley y la zona de la baja California como un universo autosuficiente, fuente casi exclusiva de todas las vivencias que marcarían fuertemente sus historias (1).

 

Aunque autodidacta, Dick fue un voraz lector (aparte de melómano) a lo largo de su vida, acumulando abundantes conocimientos en historia, filosofía y religión, los cuales, por otro lado, utilizaba con considerable libertad a la hora de elaborar sus divagaciones filosóficas y teorías de todo tipo. Así, desde sus primeros cuentos, publicados  a lo largo de toda la década de los 50 en revistas míticas del género como Planet Stories, Future, If o Galaxy, Dick va proponiendo temas que irían perfilando una personalidad que con el tiempo sería inconfundible en el campo de la ciencia-ficcion. Cuentos como “Un mundo de talentos”, “La segunda variedad” o “El hombre dorado” (2) destacan no ya por su calidad, también por un inusitado derroche inventivo. Son escritos de 15 o 20 páginas que en muchos casos resultan pequeñas obras maestras donde va mostrando que es primordialmente un autor de ideas, las cuales le harán merecedor por parte de la crítica de títulos como irracional, metafísico y hermético. Todos estos cuentos, sin embargo, solo son como ensayos para temas que nuestro autor desarrollará posteriormente en sus novelas mucho más profundamente.

 

No será un escritor especialmente virtuoso ni se preocupará excesivamente por el estilo. Pero, aunque su lenguaje es normalmente austero, jugará a veces con recursos literarios infrecuentes en el género, como es el punto de vista múltiple para los diferentes personajes de un mismo relato, o la confusión narrativa utilizada en alguna historia que se caracterice precisamente por la desintegración de la realidad, uno de sus motivos más recurrentes. En su primer libro, Lotería solar (1955), encontramos un Dick especialmente dinámico, que no ahorra recursos para construir una novela entretenida, repleta de sorpresas, pero será un estilo que irá abandonando en el futuro, decantándose paulatinamente por una prosa que aunque muy directa e incluso parca nos va introduciendo en un escenario poco definido mediante una narración normalmente introspectiva, donde ocurren pocas cosas en el sentido corriente y los personajes (y en ocasiones el lector) deambulan como perdidos. En este primer libro aparecerá uno de los principales temas dickianos, que ya fue ensayado notablemente en algunos cuentos como “La segunda variedad”: nos referimos a la paranoia. Según las palabras del mismo Dick: “Creo que la paranoia, en algunos aspectos, es la evolución en los tiempos modernos de un antiguo y arcaico sentido que los animales de presa todavía poseen  un sentido que les advierte de que están siendo observados... Estoy diciendo que la paranoia es un sentido atávico. Es un sentido persistente, que tuvimos hace mucho tiempo, cuando éramos, o nuestros antepasados eran, muy vulnerables a los depredadores, y este sentido les advertía de que estaban siendo observados, y eran observados por algo que probablemente, iba a atacarles... Mis personajes poseen a menudo ese sentido...” (3). Será la paranoia, pues, el eje de muchas de sus tramas, por no decir de todas, pero una paranoia desveladora que no será tanto una enfermedad o un desorden mental como un instinto liberador, la llave que revelará al protagonista que algo no marcha bien, que todo a su alrededor participa de un escenario que por alguna razón es falso, ilusorio... Será este el tema central de novelas imprescindibles como Un ojo en el cielo (1957) o la simplemente genial Tiempo desarticulado (1959), donde la paranoia es la fuerza reveladora de una mentira construida especialmente para la manipulación de su personaje principal, que llegará a la verdad tras múltiples señales, aun a costa de pasar por loco. Dick juega con esta ambigüedad para crear la necesaria tensión narrativa: o bien el personaje efectivamente se está volviendo loco, o es cierto que ha dado con una verdad que se oculta tras las apariencias. Y es ésta, quizás, la clave de toda la literatura de Dick: el momento en que los velos caen y la verdad se muestra en su forma verdadera… a veces para descubrir un horror aun mayor. Ese es el precio del conocimiento, porque el personaje dickiano, pese a sus trabas y limitaciones de todo tipo, se plantea el reto de desnudar la realidad a todo costa: su identidad, su salud mental y la mera existencia de un entorno reconocible… ya nada será igual después de  seguir esas pequeñas señales que se encuentra en su camino, pistas de la falsedad de un mundo que hasta un momento antes ni se le ocurría cuestionar. Así pues, en muchos casos la ciencia-ficción da paso a la literatura de terror, porque la terrible verdad puede llevar, irónicamente, a una locura alucinatoria sin final. Es el caso de libros como Tiempo de Marte (1964) o Los tres Estigmas de Palmer Elditch (1965), donde la atmósfera de pesimismo y angustia existencial es arrolladora y la línea que separa liberación y condenación nunca es clara.

 

Como consecuencia de este tipo de ideas, donde lo real se torna voluble y escurridizo, Dick se convirtió en un maestro a la hora de tratar la idea de los mundos paralelos, ya sean creados artificialmente o que literalmente coexisten en dimensiones diferentes y que por una u otra razón entran en conflicto. Encontramos un buen ejemplo en El hombre en el castillo (1962) una de sus más conocidas novelas. En ella se nos ofrece un tiempo alternativo donde los alemanes y japoneses han ganado la segunda guerra mundial y mantienen un régimen totalitario. Sin embargo cuando algunos personajes consultan el I-ching o libro de los cambios, antiguo método oracular chino, éste revela que todo eso no es real. Varios protagonistas se embarcan en la búsqueda de alguien que ha escrito un libro donde se describe un mundo donde fueron derrotadas las fuerzas del Eje, es decir, nuestro mundo actual. Intuyen, cada uno a su manera, que esa es la verdad.

 

El hombre en el castillo fue escrita, según el propio Dick, siguiendo precisamente las indicaciones del I-ching, siendo este libro muy seguido y estudiado en la década de los sesenta. A medida que la novela era escrita Dick iba  siguiendo sus indicaciones, construyéndose la trama según las interpretaciones que éste hacía de las diferentes contestaciones del libro-oráculo. Este método experimental de escritura que no desentonaba con la ya natural dispersión de Dick, ya que no es un autor que se caracterizara por dejarlo todo atado. Porque no es infrecuente que sus novelas acaben con cabos sueltos por todos lados. Quizás por eso podemos tener la sensación de que sus historias e ideas son como estados de ánimo, cambiantes, difíciles de precisar... pero que no por eso carecen de fuerza. Ésta es una de las razones que hacen especial a este escritor. El aluvión de potentes ideas que nos lanza y germinan en nuestra propia imaginación, y no es raro que terminamos por identificar sus planteamientos en fenómenos de esta realidad precaria, segmentada y cada vez más artificial que vivimos cotidianamente. Quizás por eso sea tan difícil argumentar que Dick hace una literatura evasiva a la manera de la mayoría de sus compañeros en el campo de la ciencia-ficción o la fantasía. Sus obras tratan aspectos de la realidad que difícilmente podrían ser examinados de otra manera y por eso encuentran en este género un resorte optimo sobre el que desarrollarse. En sus historias coexisten la especulación filosófica con las experiencias más patéticas de lo cotidiano, la crítica social con la pura invención esperpéntica, la lógica con el delirio. Con Dick la ciencia-ficción llegó a una poética metafísica que encontraremos raramente en otros autores del género, con la excepción de Stanislaw Lem y muy pocos más, una poética que es producto del cuestionamiento de lo que solemos denominar realidad y del constante esfuerzo por saber lo que se esconde tras las convenciones y las apariencias de lo cotidiano. Ahí tenemos Ubik (1969), novela con tantos detractores como fervientes defensores. Es éste un libro que tiene el caos y el proceso entrópico como argumento absoluto, una entropía que con un poco de miras podemos llegar a distinguir a nuestro propio alrededor, y Dick supo expresarlo de forma aterradora gracias a las licencias que le permitía el género. Lejos de querer entretener, esta novela, como muchas otras de él, parece pretender arruinar tu tranquilidad ontológica y que dejes de percibir el mundo que te rodea como algo sólido y perpetuo.

 

A finales de los sesenta es cuando Dick se embarca en otro de sus periodos temáticos más reconocibles, nos referimos a su aportación sobre los androides y la inteligencia artificial: los simulacros. En una serie de novelas, revisa (y transforma) este tema clásico del género. Es el caso de Podemos construirle (1972) o Los simulacros ( 1964), pero mucho más notablemente en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968 ), que en los 80 sería libremente adaptada por Ridley Scott en Blade Runner, unas de las pocas películas basadas en la obra de Dick que no dan ganas de bombardear Hollywood. Este libro le llevará a una incisiva investigación sobre la identidad, la empatía, la muerte y la naturaleza de lo humano. Los simulacros son creaciones de avanzada tecnología, aparentemente son seres humanos, comparten casi todas sus cualidades, incluso superándolas en muchos casos... pero hay un inconveniente clave: la ciencia no es infalible y su vida se ve limitada drásticamente. El simulacro que siente y vive como un humano, y en muchos casos cree ser un humano, descubre su verdadera naturaleza para ser consciente de su futura y prematura muerte, absolutamente injusta, así como de lo absurdo de su vida… ante esta terrible verdad elige la rebelión ante sus creadores. No obstante, tampoco la vida de los humanos es precisamente un paraíso. El planeta, cada días más despoblado, se halla en sus últimos estertores. La vida animal está casi extinguida, las ciudades acumulan basura y melancolía, quien puede permitírselo emigra a las colonias fuera de la Tierra… Como suele ocurrir con Dick, la lectura de este libro, lejos de quedarse en una simple historia fantástica, plantea una serie de preguntas preñadas de consideraciones filosóficas y nos concatena con el absurdo de nuestra propia vida ante la muerte y la entropía. ¿Dónde comienza y termina lo humano? ¿Hasta qué punto debemos identificarnos con los simulacros y su trágica condición? ¿También debemos rebelarnos? Está claro que con este libro Dick entronca de alguna manera con la corriente existencialista, sobretodo con Camus y su idea del absurdo y la libertad, y tampoco es descabellado emparentarlo a Thomas Ligotti, muy especialmente, con su ensayo La conspiración contra la especie humana.

 

 

Ya en los años 70, tras una profunda crisis vital que le llevaría al borde del suicidio, Dick comenzará una nueva etapa con Una mirada a la oscuridad (publicado en 1977, un texto intensamente biográfico y con seguridad uno de sus mejores libros). Se trata de una emocionante novela que ofrece un homenaje a todos sus amigos muertos o profundamente afectados por el consumo reiterativo de drogas. Sin embargo, nunca se sirve de un mensaje moralista, más bien compone la descripción de la fatalidad, muy en la tradición griega de la hibris, para aquellos que han decidido retar las convenciones de la moral dominante cruzando los límites de lo establecido. Para ello cuenta el relato de la doble vida de un agente de policía infiltrado entre traficantes de drogas y su proceso esquizofrénico de identificación con su personalidad simulada, hasta llegar a su absoluto desdoblamiento, viviendo ambas identidades de forma separada. Por mucho que la historia transcurre en una especie de futuro cercano no puede considerarse un relato de ciencia-ficción, al menos en el sentido más clásico; de hecho es su libro más realista dentro de los considerados del género. En realidad es comparable, hasta cierto punto, a un libro como Miedo y asco en las vegas de Hunter S. Thompson, donde pese a las situaciones locas derivadas del consumo de drogas se puede entrever un sentimiento de patetismo y desamparo ante una realidad profundamente triste y represiva. Sin embargo, Dick es menos complaciente con su pasado drogadicto y sin duda mucho menos cínico que Thompson. No obstante, como ya comentamos al comienzo de este artículo, nuestro autor fue acogido fervientemente por la comunidad drogata de finales de los 60, algo que  fue auspiciado por él mismo. En su deseo por encontrar el esquivo éxito que la había condenado a las editoriales baratas de bolsillo, no tuvo inconveniente en exagerar sus experiencias con las drogas lisérgicas (que solo probó en contadas ocasiones), lo cual le colocó en el centro de las miradas en una época en que estaba tan de moda. Fue en ese momento cuando se comenzó a forjar su fama de escritor maldito y alucinado, leyenda negra superó la consideración de su propia obra. Aunque lo cierto es que la locura, en mayor o en menor medida, fue una constante en su vida. Ya en la adolescencia sufrió algunos episodios psicóticos que de alguna manera fueron la raíz de muchas de sus historias, pero no sería hasta cerca de su prematura muerte cuando el delirio comenzó a dominar por completo su narrativa, haciéndole entrar en una renovada etapa creativa.

 

Esta etapa final tampoco podría definirse totalmente dentro del género de ciencia-ficción y sería difícil decantarse por alguna etiqueta si ello fuera realmente necesario. Las novelas Valis (1981), La invasión divina (1981) y La transmigración de Timothy Archer (1982) forman una trilogía que sin tener verdadera continuidad establecen entre sí analogías y conexiones temáticas que la convierten en una sola lectura. Hay que añadir también a Radio Libre Albemuth, publicada póstumamente en 1985, aunque en realidad se trata de una primera versión de Valis. Así pues, será esta trilogía lo último que Dick publique, falleciendo en 1982 estando la última en imprenta. Es complicado comentar el contenido de estos libros donde la política, las drogas, la religión, la locura y otros asuntos dispares se mezclan para formar una cosmogonía al servicio de una idea fija: demostrar que la realidad no es lo que parece. Más complicado aun es presentar de una manera coherente el germen que produjo estos textos. Recurriremos a sus propias palabras: “A finales de febrero de 1974 , me administraron pentotal sódico antes de extraerme una muela del juicio cariada. Más tarde aquel mismo día, una vez vuelto a mi casa pero aún profundamente bajo la influencia del medicamento, me vinieron los recuerdos en un relámpago tan breve como preciso. En un instante abracé toda la visión, y casi tan aprisa ya la había rechazado... pero no sin darme cuenta que lo que había desterrado de mis recuerdos profundos era auténtico”. (4) A partir de aquí comienza lo que para muchos críticos supone la absoluta decadencia de Dick como escritor y su caída irremediable en la locura. Con lo primero no estoy nada de acuerdo, lo segundo es matizable. La naturaleza de esta experiencia y los innumerables análisis que de ella realiza después en multitud de anotaciones de muy diferente naturaleza (reunidas en lo que él llamó la Exégesis) formaron la base para esta serie de novelas, que para él supuso una investigación de una genuina  experiencia visionaria de carácter religioso. Por otro lado, creo que está claro que estos libros plasman un desarrollo extremadamente radical de todos sus temas anteriores, llevándolos hasta sus últimas consecuencias. Su experiencia de 1974, fuera real o no, solo hizo que todas sus obsesiones encontraran un nexo común en el que centrarse. A partir de ese momento, irónicamente, encontró orden en el delirio, con lo que su talento se concentró de una manera extraordinaria.

 

De esta trilogía final nos centraremos en Valis, la mejor novela de Dick para el que esto escribe. Narra el encuentro entre Amacaballo Fat (trasunto del propio Dick) y el ente extraterrestre Valis. Se nos describe la gradual caída en la locura de Fat en un intento de comprender lo que ha experimentado, así pasaremos por la descripción y análisis de infinidad de teorías cada vez mas retorcidas donde el gnosticismo, la ufología, las conspiraciones políticas de Richard Nixon se dan la mano. Aunque Amacaballo Fat tiene claros rasgos de Dick, el propio escritor se incluye también como personaje de la novela, siendo este desdoblamiento uno de los aspectos más extraños del libro. ¿Una clara admisión de esquizofrenia? Quizás… En todo caso, Dick se propuso convencer a quien quisiera escucharle, mediante conferencias, entrevistas y artículos en la prensa, que muchos de los acontecimientos narrados en el libro eran auténticos, directamente sacados de su vivencia y plasmados tal cual. Forzó a críticos y lectores a tomar en consideración su mensaje y que decidieran si se tomaban a risa sus desvaríos o si bien aceptaban entrar de lleno en su radical  interpretación de lo real.

 

Pero intentemos aclarar cuál era esa interpretación surgida de su experiencia en 1974. Como dijimos al comienzo de este artículo, Dick siempre se confesó autodidacta, abandonó la universidad para trabajar en una tienda y una emisora de radio. Sin embargo nunca abandonó sus indagaciones en filosofía, poesía , historia. Según sus propias palabras: “Me interesé por primera vez por la filosofía en el Instituto cuando me di cuenta de que todo el espacio es lo mismo; es sólo el límite científico que lo abarca el que cambia. Tras esto me llegó la revelación (que más tarde encontré en Hume) de que la causalidad es una percepción en el observador y no un dato de la realidad externa. { ... } Gradualmente mi interés por la filosofía pasó a ser interés por la teología. Como los griegos antiguos yo soy un creyente del pampsiquismo. De todos los sistemas metafísicos de filosofía siento una gran afinidad por el de Spinoza, con su dicho Deus sive substantia sive natura; para mí esto resume todo (a sabe, Dios es decir realidad, es decir naturaleza )”. Sin embargo, todas sus indagaciones en la teología están mezcladas con asuntos profanos y con teorias cuanto menos personales. El resultado es un conglomerado muy difícil de definir. Además su obsesión por la religión no está falta de un fino e irreverente humor, una ironía que impregna sus escritos y declaraciones: “Dios está tan cerca de nosotros como la porquería que llena nuestro cubo de la basura... para hablar con mayor exactitud, Dios es la porquería en el cubo de la basura”.

 

Así, leyendo sus historias en orden y teniendo en cuenta muchos detalles de su biografía, podemos ir comprendiendo, poco a poco, lo que parece ser la idea básica de todos sus libros, una idea obsesiva y alucinatoria que fue estableciendo la clave principal de sus últimos textos: la realidad puede cambiar sin nosotros percibirlo... y nosotros con ella. Según parece, Dick pensaba que constantemente se producen cambios en lo existente que desembocan en diferentes líneas temporales o mundos paralelos. Pero lejos de ser una idea vaga, al final de su vida cree haber encontrado una explicación lo suficientemente concreta. Hasta hace muy poco creíamos vivir un tiempo real, pero éste había sido abandonado por lo que nuestro autor identifica como Dios o, más específicamente, el Logos, la información viviente que da forma al Universo y todas las cosas y seres vivientes que contiene. Según nuestro autor, tras una larga época oscura tenebrosa y de opresión, vivida por los seres humanos en un estado de semiinconsciencia, este universo fue habitado de nuevo por el Logos a partir de 1974, coincidiendo con la caída de Richard Nixon. Con la victoria sobre este presidente, fenece lo que Dick denomina el Imperio, un régimen totalitario que había comenzado con el exterminio de los gnósticos por los cristianos de Roma y que, extendiéndose durante siglos, dio lugar a una larga guerra secreta por la Realidad y la vuelta de Dios. Tras este largamente esperado acontecimiento, el regreso del Logos, el universo se reordenó, pero nada recordamos del pasado bajo la sombra del Imperio. Pero según nuestro autor, por alguna oscura razón le fueron transmitidos recuerdos de su existencia dentro del Imperio: “Creo que en este mundo anterior yo no he vivido más allá de marzo de 1974. He caído, víctima de una trampa de la policía, de una emboscada, de una redada. Afortunadamente, en este mundo que llamaré la pista B, y que es aquel en el que vivimos, he tenido más suerte”. Esta capacidad de sintonizar con hechos pasados es descrita por Platón como la anamnesis, la capacidad del alma para recordar los conocimientos que ésta olvida al entrar a un nuevo cuerpo, o como, en este caso, en una nueva realidad.

 

En suma, esta idea de Dick resulta lo suficientemente perturbadora como para no dejar indiferente a nadie. Algunos la encontrarán propia de un loco, otros de un visionario. Sea como sea, aparte de una riqueza teórica incuestionable, que mueve a la divagación mental vertiginosa, lo cierto es que por debajo de estas teorías delirantes subyacen sutiles críticas al totalitarismo de lo sensible que, efectivamente, podemos encontrar en los sistemas sociales y políticos hegemónicos (de izquierda o derecha, incluyendo la democracia capitalista): Los simulacros de lo real  mediante la virtualidad tecnológica, el hiperracionalismo, el dominio de lo que algunos llaman el “exceso de realidad” a través de la información y el consumo, la destrucción del lenguaje y el sentido… la obra de Philip K. Dick es mucho más que ciencia-ficción. No puede ser casualidad que haya caído bajo la mirada manipuladora de Hollywood, que ha hecho de sus atormentádos y a la vez lúcidos textos meras historias de entretenimiento, desactivando así su innegable sentido subversivo. Como decía Dick: "El imperio nunca cayó".

 

Artículo de Antonio Ramírez

 

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NOTAS:

 

(1) Para más información sobre la vida de Dick es muy recomendable la lectura de Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos de Emmanuel Carrére. En un aspecto más teórico también está muy bien Idios Kosmos de Pablo Capanna.

 

(2) Sus cuentos completos han sido editados por las editoriales Martinez Roca y Minotauro.

 

(3) Declaración incluida en el Volumen II de los cuentos completos

 

(4) Conferencia de Metz (1977)