Margaret Atwood

 

Alias Grace


 

Editorial Salamandra, Barcelona, 2017.

528 páginas

 

Alias Grace narra la historia de uno de los personajes más célebres del Canadá decimonónico, Grace Marks, quien fue condenada a cadena perpetua por su participación en el asesinato del señor para quien trabajaba como sirvienta y de su ama de llaves. La precocidad de Grace, que contaba con sólo dieciséis años, y la crueldad de los crímenes, consiguieron que la historia de estos hechos apareciera en múltiples relatos periodísticos y novelescos de la época. En esta novela, Margaret Atwood retoma los acontecimientos desde la infancia de Grace para realizar un ajuste de cuentas con la sociedad de la época, elaborando un relato que huye deliberadamente del maniqueísmo y la simplificación.

 

Una de las virtudes de esta novela es que mantiene una tensión hipnótica basada en elementos en apariencia sencillos, con la propia prosa en la que se relata de manera lineal la miserable vida de la protagonista. Sin embargo, lo primero que resulta fascinante en el libro de Atwood es la delicadeza con la que se va llamando la atención sobre lo puramente sensorial hasta conseguir adquirir un marcado simbolismo. En este sentido, el juego simbólico más claro es el de los colores. Así, por ejemplo, el rojo oscuro de las peonías, que aparecen al inicio del relato, va repitiéndose de manera rítmica, conformando una especie de ritual y superponiéndose siempre al blanco de la ropa interior. Un blanco conseguido por las sirvientas de manera obsesiva a fuerza de sumergir las telas en agua helada, en productos químicos, frotando mecánicamente y persiguiendo las horas de sol para borrar las manchas de mierda y sangre.

 

En la novela, los camisones ondean en la oscuridad de las frías noches y la sangre aflora lenta e inexorablemente como en los clásicos góticos. Los espíritus de los muertos acompañan o persiguen a los vivos en pleno auge de médiums y contactos con el más allá. Constantemente, lo más alto y lo más bajo acaban enmarañados: salmos religiosos, delicados encajes, enfermedad y miseria. Pero, en contraste, la delicadeza con la que Atwood nos ofrece objetos tan sencillos como las manzanas, la cerveza, el sudor sobre la carne o los rayos de sol, convierten cada párrafo en una evocación no sólo de la vista sino del tacto, los olores y sabores de una cotidianidad pausada siempre a punto de quebrarse de manera trágica.

 

Después de polémicas bastante simplistas, no importa si Atwood es o no una “buena feminista”, porque Alias Grace sí que es una novela que muestra el lado más sombrío y angustioso de esa vida miserable que tenían las mujeres absolutamente desposeídas. Me cuesta creer que un hombre fuese capaz de rescatar con tanta minuciosidad esa miseria social y cultural, esa rutina de sometimiento y humillación en la que se encontraban las mujeres. Podemos ver cómo los pequeños gestos sobre los que se sostenía el abuso y la dificultad para comprender aquello de lo que se es víctima moldean el comportamiento de Grace hasta crear una compacta coraza. Aunque, visto a grandes rasgos, el relato de las vicisitudes de esta cómplice de asesinato es digno de un festín dickensiano: padre alcohólico y brutal, madre abnegada y sometida, hermanos hambrientos, casas inhabitables, enfermedad, pobreza y la aceptación de los trabajos más humillantes para huir de la caída en la deshonra y la prostitución. El libro nos deja claro desde el inicio que la vida de esas mujeres no valía nada. Pasaban por la existencia sin dejar rastro, calladas y sumisas, manteniendo con su labor diaria la vida de las familias pudientes a las que debían obediencia y discreción.

Por eso Grace Marks resulta una figura paradigmática en la que se encarnan todos los temores burgueses y las fantasías masculinas. Atwood no es ambigua en ese sentido, la protagonista juega a seducir al lector desde la primera palabra, escondida bajo un velo de frialdad, pulcritud y sinceridad. El pueril médico que acude a la prisión para obtener esa verdad última, una confesión indudable que esclarezca la inocencia de la virginal Grace, acaba por aburrirse mientras espera que ella se rompa, que llore histérica y balbucee. Pero, como nos indicaba el filósofo recientemente fallecido Clement Rosset, en el conflicto entre lo real y la ilusión, siempre triunfa la ilusión que promete más que la absurda realidad. Siempre preferimos alimentar el deseo que nos aleja de la fidelidad a los hechos, pero nos permite comprender mejor lo que vemos. Por eso, podemos considerar que la tensión de la trama concluye de una manera admirablemente lúcida, exponiendo el absurdo de la tarea imposible a la que el médico se enfrenta. Él, que se aferra a esa voluntad positivista de desencantamiento, que intenta a través de sus modestos medios desvelar el auténtico papel de Grace en el crimen, se rinde angustiado e hipnotizado por el mito de la mujer lasciva que late bajo su aparente frialdad. Siempre hay menos en lo real de lo que esperábamos y para evitar esa decepción alimentamos el deseo y construimos mitos.

 

Atwood sostiene a Grace en ese frágil equilibrio entre la sinceridad y la seducción como una manera de concederle la dignidad que su miserable vida se merece. Frente a ella, los personajes masculinos permanecen ciegos, incapaces de comprender, proyectando sus fobias y anhelos en ella. Desde la mirada de los hombres que se cruzan con ella, Grace aparece inaccesible, frígida, cruel o dulce, sincera y sumisa. Tan sólo el buhonero, ese atractivo embaucador que va apareciendo en diferentes momentos de su vida y que parece un personaje surgido de la florida imaginación de Grace, es capaz de entrever algo de la verdad. Pero ella siempre queda más allá, bajo el velo, en la penumbra, agazapada, sin esperanza.

 

La dolorosa angustia de la protagonista impregna cada palabra, la violencia cotidiana y la crispación que laten bajo esa calma hacen temblar las descripciones. Grace da una puntada tras otra en ese claustrofóbico cuarto de costura mientras sabe que jamás será libre, porque las verdaderas cárceles están más allá de los muros de las prisiones. Siempre estará al servicio de un hombre, alimentándole en la mesa y en la cama. Además, nunca estará limpia de culpa, aunque hubiese sido inocente la mancha de la sospecha la seguirá junto con el espíritu de Mary Whitney y los ojos de Nancy Montgomery. Es una asesina y como tal sólo puede proyectar un deseo perverso en los hombres que la miran. Por eso, al final del libro, al lector no le interesa ya saber si la protagonista es o no culpable. Nadie puede ser tan ingenuo como para no desear que Grace estrangulara con ese fino pañuelo a la libertina ama de llaves.

 

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 Reseña de María Santana