Entre finales de los 60 y comienzos de los 70, Robert Crumb se erigió como uno de los principales iconos del movimiento contracultural norteamericano. Gracias a su labor con la revista ZAP y la revolución que provocó en el medio se visibilizó una nueva generación de autores de tebeos temáticamente provocadores e innovadores por sus planteamientos estéticos: S. Clay Wilson, Richard Corben, Rick Griffin, Víctor Moscoso, Gilbert Shelton, Dave Sheridan, "Spain" Rodríguez, Art Spiegelman, etc. El denominado comix underground pretendía, ante todo, desvincularse del ámbito infantil o juvenil al que los tebeos habían sido relegados desde sus comienzos, para convertirse en una forma adulta de expresión artística, social y política.

 

Sin embargo, en lo que respecta al propio Crumb, la paradoja es que resultaba ser un defensor a ultranza de los viejos maestros de la historieta y los dibujos animados. Adorador de Carl Barks, E.C. Segar, Walt Kelly, Harvey Kurtzman, Otto Mesmer, Max Fleisher y otros más cuya influencia fue crucial en su formación. Quizás por ello, su verdadera innovación en el medio tuvo que ver menos con lo puramente gráfico que con un afán “confesional” y falto de escrúpulos de ningún tipo a la hora de expresar sus ideas y gustos personales. Los temas de sus historias resultaban salvajemente transgresores (especialmente en lo referente al sexo o por el tratamiento de ciertos temas considerados “políticamente incorrectos”,  lo cual le ha granjeado numerosas críticas a lo largo de su carrera). Por lo demás, la defensa de Crumb de la historieta popular se extendía al campo de la música y la cultura en general, declarándose abiertamente como enemigo de la modernidad. Pero no se entienda esto en el sentido de una posición conservadora en lo moral o lo político, sino en la añoranza de una vida más sencilla y auténtica, antagónica a la sociedad industrial y de consumo. Ello se proyectó en una intensa y mordaz crítica de la vida moderna en Norteamérica. Con humor, pero también a veces con rabia, retrató la paranoia y asfixia presente en las grandes ciudades, la frustración y la soledad, los abusos de los que ostentan la autoridad, etc., etc. Sin embargo, pese a compartir un discurso tan radical, Crumb ha confesado en numerosas ocasiones que nunca se identificó realmente con el movimiento contracultural de los 60, por mucho que coincidiera con él en muchos aspectos. De hecho, ha reservado gran cantidad de sus páginas para burlarse de los hippies y su idealismo, que en ocasiones interpretó como puro esnobismo, pero es bien sabido (él mismo se ha encargado de contarlo de mil maneras diferentes a través de sus comics) que acogió con sumo agrado la liberación sexual de esos años. También se entusiasmó con el consumo de cannabis, hábito que no abandonó hasta bien entrada la siguiente década. Pero la música rock, por ejemplo, le resultaba un verdadero incordio, prefiriendo rodearse de sus viejos discos pizarra de blues y jazz, junto a otros muchos objetos de unos Estados Unidos ya desaparecidos que comenzó a coleccionar desde muy joven.

 

Junto a su tendencia crítica con la sociedad, que casi podríamos definir como misantrópica, Crumb ha centrado su trabajo en la obsesiva representación de la feminidad, aunque siempre lejos de los estándares de belleza que los medios han intentado imponer. Él ha preferido plasmar unas mujeres (reales o imaginarias) de curvas rotundas y siempre al servicio de sus fantasías eróticas. Y esto último ha planteado un dilema que pone a prueba los límites que mucha gente está dispuesta a conceder a la libertad creativa y expresión, especialmente en los ámbitos feministas. Que duda cabe que Crumb hace una oda a la sumisión sexual femenina y que se muestra bastante sádico en muchas ocasiones.  Que cada cual decida si todo queda en el campo de lo imaginario y del deseo o si es  realmente una proclama machista que habría que condenar, ahí queda el debate.

 

En lo que respecta a la parte gráfica, la capacidad de Crumb para dibujar es indiscutible. No podremos decir que resultó tan innovador o experimental como otros dibujantes de su generación, pero sí logró cultivar un carácter absolutamente personal que, por el contrario de lo que ha ocurrido en otros casos, ha logrado perdurar a través de los cambios de moda y afianzarle en un prestigio más que merecido. Normalmente sucio y abigarrado, su estilo es rápidamente reconocible por los fuertes claroscuros y el uso magistral del sombreado con tramas y punteados. Tanto en sus trabajos más barrocos como en los más sencillos bosquejos ha reflejado una asombrosa cualidad expresiva, variando de lo grotesco a la pura caricatura o atreviéndose con un realismo casi fotográfico, siempre sabiendo manejar como casi nadie los secretos de la tinta china. Y si esto es así con sus comics, hechos la mayoría con planificación y cuidado, ocurre más aun con los dibujos contenidos en los numerosos sketchbooks que ha ido realizando a lo largo de los años, repletos de apuntes rápidos que en ocasiones son de extrema complejidad. Muchos de estos dibujos han visto la luz en diversas publicaciones, pero en su mayoría habían permanecido inéditos hasta los 90, cuando  la editorial Fantagraphics comenzó a editarlos de forma ordenada. Después Taschen lanzó una edición de lujo (a precios astronómicos) y después una versión de igual contenido, pero mucho más económica. Esa es la que reseñamos aquí.

 

Repartidos en seis tomos de 440 páginas cada uno, Taschen presenta la práctica totalidad de los apuntes que Crumb ha ido realizando casi diariamente desde mediados de los 60. Gracias a estos libros se presenta una oportunidad única de examinar su evolución desde sus comienzos hasta el día de hoy, así como el nacimiento de muchos de sus personajes y la maduración de sus particulares señas de identidad. La calidad de la impresión es excelente, incluyendo algunas páginas en color. La única pega que le pongo es el grosor del papel, aunque supongo que ese es uno de los factores que he permitido que el precio no subiera demasiado. Pero en general creo que cada tomo hará las delicias de los seguidores de Crumb y de cualquiera que aprecie los buenos dibujos. Aunque el que se acerque a estos sketchbooks debe estar preparado (este aviso que no hará falta para quien conozca bien sus obsesiones) para una buena dosis de obscenidad y escatología, especialmente a partir del segundo tomo. Pero Crumb es así y creo que si nos gusta tanto es precisamente por eso ¿no? ¡Para qué negarlo!


GALERÍA

Imágenes extraídas de los Sketchbooks Vol.1 y Vol.2

(Para ver más grande picar en cada imagen)


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