Aunque clasificable en el género cómico, los tebeos de Paco Alcázar se han movido a través de un amplio abanico de registros que van desde el absurdo más bizarro hasta el terror apocalíptico, pasando por el costumbrismo esperpéntico o la crítica social que retrata la estupidez del mundo postmoderno. Alcázar nos hace reír, pero casi siempre al borde de una mueca que puede convertirse en cualquier otra cosa. Ocurre así con la que es su obra más famosa: Silvio José, el buen parásito, una serie que pese a sus muchas peculiaridades encontró pronto su hueco entre el gran público. No obstante, sería muy injusto dejar de lado sus otras creaciones más allá de este personaje. Así pues, aprovechando que se ha editado un nuevo álbum que recopila muchas de sus tiras aparecidas en la revista digital Orgullo y Satisfacción, he creído que sería un buen momento para hacer un repaso de toda su bibliografía hasta el momento.

 

Paco Alcázar (Cádiz, 1970) inició su andadura en los tebeos (paralelamente a la musical con el grupo Henderson Faith) colaborando en muchos de los fanzines que pululaban por España durante los años 90. De ahí surgirían sus primeras recopilaciones: The Lovesucks Experience y Escarba, escarba. Esta etapa inicial está marcada por un humor muy salvaje (argumentalmente relacionable con la línea chunga de Miguel Á. Martín, autor en boga en aquellos años) donde Alcázar no dudaba en tratar abiertamente temas como la crueldad, la violación, el canibalismo, la pedofilia y otras perversiones sexuales, las malformaciones y enfermedades graves, la demencia, etc., siempre mediante una estética agresiva y manifiestamente feísta que podríamos calificar como punk (no sé si Alcázar estaría de acuerdo con esto).  Debo admitir que me parece un material muy pasado de rosca, realmente incómodo y perturbador. Por supuesto, aquí y allá brilla el ingenio que Alcázar esgrimirá posteriormente… ¡pero aplicado a una visión tan terriblemente morbosa de la vida y de las relaciones humanas que termina por asustar! En ese sentido, hay que conceder que la lectura de estos primeros trabajos puede suponer un verdadero experimento mental, pues hace que uno compruebe los límites de lo que resulta gracioso o sencillamente insoportable, cada cual que decida... Mejores me resultan Moho y Porque te gusta, dos álbumes posteriores donde Alcázar prosigue con su característica mala uva, pero mostrando mucha evolución en su forma de plantear las historias y personajes, lo cual lo convierte en una lectura menos extrema y mucho más interesante. En lo gráfico se nota también una preocupación por abarcar más posibilidades expresivas, advirtiéndose cada vez más la influencia del comic underground norteamericano de los 80 y 90. Toda esta primera etapa  fue recogida en 2010 en Daño gratuito, un tomo editado por la editorial Diábolo e imprescindible para conocer bien la obra de Álcazar, pero que no me atrevería a recomendar así como así a cualquier lector…

 

Entre finales de los 90 y el comienzo del nuevo siglo, Alcázar fue publicando intermitentemente la tiras de la serie Todo está perdido, la cual abriría una etapa de maduración en su estilo (tanto argumental como gráficamente). Estas tiras (agrupadas en un cuaderno en 2001 por la editorial Dobledosis) narran las peculiares aventuras de la familia Pérez, tomando como base el estilo de comic pedagógico y moralista que se publicaba en la España de los años 40 o 50, aunque llevándolo por derroteros que nada tienen que ver.

 

 

Según Alcázar, esta serie estaba planteada inicialmente como una improvisación de gags con personajes más o menos relacionados entre sí, pero poco a poco fue tomando el hilo de una trama coral cada vez más premeditada, desarrollando así situaciones y personajes más complejos. Alcázar atrapa al lector en un universo absolutamente demencial y amenazador que más que fantástico podríamos definir como pesadillesco, muy al estilo del Como un guante de seda forjado en Hierro de Daniel Clowes. Y, sin duda, esta sería una importante influencia para Alcázar, pero también podemos intuir otras referencias: Cronenberg, David Lynch y Roland Topor… aunque interpretados con un aire muy español donde creo que es posible ver el rastro de la escuela Bruguera, Luis Buñuel, Berlanga o Rafael Azcona.

 

En comparación con sus cosas posteriores, se nota que Todo está perdido es una obra aun primeriza, pero creo que por sí misma tiene la suficiente calidad como para considerarla una de sus mejores creaciones. Contiene muchas semillas de ideas que desarrollaría después, como por ejemplo la recurrencia del Dr. Lázaro, uno de los habitantes más persistentes del universo alcazariano y que había hecho ya su primera aparición en la serie Porque te gusta. No por casualidad, este afán de dar mucha importancia a los personajes secundarios, hasta el punto de quitar el protagonismo a los principales, será una de las constantes en todas las series venideras de Alcázar.

 

La rápida evolución en el trabajo de Paco Alcazar tuvo pronto recompensas profesionales, ya que llegaría su oportunidad de aparecer en la mítica revista El Víbora. Ahí publica su serie Mecanismo Blanco, aunque por desgracia sería frustrada por el repentino cierre de la revista en 2005. Tanto en el dibujo (realizada esta vez en colores más bien estridentes) como en muchos planteamientos argumentales, se nota que Alcázar había tomado buena nota de algunos autores claves en el underground de los 90, como pueden ser Stephane Blanquet o Julie Doucet, los cuales fueron muy influyentes por esa época  a escala internacional, pero que a España llegaron con cuentagotas y solo gracias al esfuerzo de fanzines como NSLM o editoriales minúsculas como El Pregonero. De estos autores toma prestado ciertos aspectos expresivos y narrativos, aparte de encontrar una afinidad evidente con sus historias, pero el resultado es una síntesis lo suficientemente personal como para establecer la línea que Alcázar desarrollaría para sus publicaciones posteriores.

 

 

Una de las cosas más reconocibles en el estilo “maduro” de Alcázar es la importancia que suele dar al texto, ya que en ocasiones ocupa más espacio que el propio dibujo (teniendo por fuerza su peso estético en la composición de la página). Pero, lejos de resultar farragoso, este torrente de palabras amplía las posibilidades de sus historias. Así ocurre en Mecanismo blanco, pues al margen del patetismo o del humor negro, que siguen estando presentes, o de los muchos detalles que reflejan el gusto del autor por lo bizarro y lo surrealista, se intensifican ciertos aspectos de crítica social que pueden relacionarse  con el cutrerío endémico que muchas veces nos caracteriza culturalmente. De esta manera, el personaje principal de esta serie: nuevamente el Dr. Lázaro, ahora transmutado en neurocirujano y repartidor de pizzas a domicilio, así como todo el elenco de secundarios que le rodea, puede ser considerado un claro antecedente de su creación más famosa: Silvio José. Sin embargo, sería un error reducir Mecanismo blanco a un mero ensayo de futuras fórmulas, pues de hecho tiene diferencias importantes con Silvio José. En Mecanismo blanco se da pie a situaciones extrañas, paranormales o directamente imposibles que en la serie publicada en El Jueves no tendrían cabida (salvo en fugaces excepciones). Por ejemplo: la aparición de los extraterrestres que viven en el interior de la nariz de uno de los personajes, los cuales serian retomados por Alcázar en varias ocasiones, incluso protagonizando su propia serie independiente (llamada Antes del desastre, apareciendo en la revista El Manglar). Tal y como comentábamos con Todo está perdido, Alcázar nunca maneja estas apariciones de lo fantástico en el sentido clásico, sino más bien como una manera de forzar lo absurdo y borrar las barreras entro lo considerado normal y lo extraño, convirtiéndose en una perfecta excusa para desarrollar un humor delirante.

 


 

Tras pasar por El Víbora vendrían sus colaboraciones en distintas revistas o periódicos, como las tiras de La industria de los sueños para Cinemanía (que están siendo recopiladas en sucesivos tomos). Casi todo el material de esta etapa, incluyendo Todo está perdido y Mecanismo Blanco, fue recopilado en 2008 por la editorial Mondadori en el muy recomendable El Manual de mi mente, donde, además de las series citadas, se incluyen algunas historietas sueltas muy destacables, como puede ser Membrana, realizada sin texto alguno (lo cual la convierte en una excepción en la producción de Alcázar por esa época) o Levántate y anda, que fue un encargo para el Festival de Cine Fantástico de Sitges del 2003. El manual de mi mente puede complementarse con el álbum Huracán de Sensatez, compilación de numeroso material hecho por encargo y publicado por Diábolo en 2013.

 

Sin duda, su incorporación a la Revista El Jueves con las historias de Silvio José, le traería, por fin, un reconocimiento profesional mucho más amplio. Este éxito no fue casual, se trata de una gran serie de humor donde Alcázar pone en práctica todas las herramientas aprendidas desde sus comienzos. La serie, para quien no la conozca, puede resumirse así: Silvio José Pereda es un hombre de 45 años, caprichoso, egoísta y manipulador que vive tiranizando a su padre. A partir de esta premisa y sabiendo rodear a ambos personajes de un ramillete de secundarios potentes, a cada cual más patético y delirante, Alcázar nos embarca en una epopeya del esperpento cuya calidad y sorpresa es permanente y donde no es difícil encontrar multitud de detalles que podrían calificarse como de crítica social, aunque nunca abandonando el absurdo y el humor negro. Dadas las circunstancias tan peculiares del personaje, la deuda con Chris Peterson de Búscate la vida es evidente, pero Alcázar eleva el tono patético de esa serie de televisión de los 90 a un nivel, si cabe, mucho más drástico.

 

 

Tras unos años de trabajando en esta serie, Alcázar sale en 2014 de El Jueves, al igual que otros cuantos de sus principales autores, debido al famoso caso de censura que sufrió la revista (ver aquí más información). Juntos deciden fundar la publicación digital Orgullo y Satisfacción, la cual duró hasta 2017. Alcázar colaboró en esta revista, entre otras cosas, con las tiras que están incluidas en el tomo que ha provocado este artículo: La fábrica de problemas.

 

Este álbum está formado por tiras de varios personajes o conceptos diferentes y no se puede hablar de que tengan continuidad en un sentido estricto, son más bien una sucesión de ideas o gags que funcionan independientemente. Estilísticamente se nota bastante evolución, absolutamente radical si lo comparamos con las tiras que realizaba en sus comienzos, pero en todo caso se nota diferencias con la propia etapa de El Jueves. El dibujo es más limpio, jugando además con variedad de estilos y presentaciones, aunque los textos siguen siendo de gran importancia, ocupando casi siempre mucho espacio físico en las viñetas. En mi opinión, se aprecia cierta asimilación a gente como Miguel Brieva o Liniers, más que nada conceptualmente, como puede ser, por ejemplo, en el hecho de usar algunos personajes históricos, pero la intención que hay detrás sigue siendo Alcázar en estado puro. El humor negro sigue ahí, a veces de forma demoledora, pero también otros recursos que el autor ha ido perfeccionando con el tiempo. Uno de ellos es el absurdo provocado por la conexión de conceptos o personajes muy alejados entre sí (una técnica puramente surrealista), también la alteración arbitraria de cosas conocidas, como pueden ser las tiras sobre canciones famosas. En todo caso, sea cual sea la técnica usada, Alcázar logra trascender la mera intención de hacer reír introduciendo siempre algún tipo sustrato que me gasta de calificar como “filosófico”. A diferencia de los otros autores citados, Brieva con una intención política y social muy evidente, Liniers en su vertiente más poética y entrañable (por no decir cursi.. ¡pero me gusta, ojo!), Álcazar resulta siempre mucho más perturbador e hiriente, como puede comprobarse leyendo La fábrica de problemas. Estas tiras, como ocurre con toda la obra de Alcázar (contando incluso sus trabajos de encargo menos personales), suponen un retrato nada halagüeño de la sociedad, de su crueldad, de su banalidad y estupidez. Nos reímos, porque en mayor o menor grado nos identificamos con ese retrato, pero con ello nos vemos empujados a enfrentarnos al cinismo que rebela esta risa. Podemos cerrar el libro y pasar a otra cosa, pero difícilmente podemos obviar el hecho de que ahora somos un poco más conscientes de nuestra verdadera naturaleza. Tal es la fuerza del humor en su mejor expresión, y considero que Alcázar lo consigue de sobras.

 

 

Entre las diferentes tiras que salen en La Fábrica de problemas  podríamos señalar muchos buenos ejemplos, pero quisiera centrarme en las dedicadas a Francisco Ibáñez, el creador de Mortadelo y Filemón. Y precisamente es esta coletilla: “el creador de Mortadelo y Filemón”, lo que Alcázar explota con una agudeza impresionante, mostrando a Ibáñez como una víctima de sus propias creaciones, las cuales se han convertido en su obsesión y fuente de terror constante. Se trata, pues, de un sutil homenaje a un imprescindible maestro del humor, pero también un patético retrato de su encasillamiento y explotación por parte de la industria del tebeo. No lo se, pero quizás Alcázar haya llegado a verse un poco en esta situación a causa del éxito de Silvio José, de ahí la finura con que trata el tema, con aparente crueldad, aunque en el fondo se nota mucha empatía por alguien que ha procurado tanta diversión a tanta gente durante tanto tiempo. Me encantaría saber que piensa Ibáñez de estas tiras…

 

 

Artículo de Antonio Ramírez


 

Más información sobre Paco Álcazar:

 

pacoalcazar.blogspot.com

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