Piel De Pueblo

Rock De Las Heridas

Disc Jockey (1972)

 

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De ese periodo social y políticamente tormentoso que fue la Argentina de los 70 nos han quedado verdaderas joyas del rock en muchas de sus vertientes: hard rock, progresivo, psicodelia, etc. Entre los discos más contundentes brilla por mérito propio Piel de Pueblo con su único trabajo Rock de las heridas. A diferencia de otras bandas más sofisticadas y tendentes a lo progresivo o a las sutilezas melódicas, algo muy propio en la escena argentina de ese momento, Piel de Pueblo hacían un hard rock muy intenso y descarnado que iba más al grano, atacando el oído con composiciones que daban prioridad absoluta al ritmo y el sonido de la guitarra eléctrica, de tal forma que se acerca mucho a eso que ha venido llamando heavy psych.


El artífice principal de este grupo fue Pajarito Zaguri, guitarra rítmica y voz. Este músico fue un elemento imprescindible en la emergencia del rock en la argentina de finales de los 60 con grupos como Los Beatniks o La Barra de Chocolate. Sin embargo Zaguri nunca llegó a  recibir el reconocimiento que otros, quedando su nombre relegado a una segunda fila junto a otros músicos también algo olvidados. Con él estaba Willy Pedemonte, bajo y voz, también crucial para la formación de Piel de Pueblo y que después participaría en otros grupos, como el de progresivo-folk Miguel Cantilo y Grupo Sur. Completaban la formación: Nacho Smilari como tremendo guitarra solista y que fuera compañero de Zaguri en La Barra de chocolate (también había pasado por Vox Dei) y  Carlos Calabró en la batería.


Las letras de Piel de Pueblo eran muy oscuras y a veces tétricas, y aunque nunca de forma totalmente explícita eran también tendentes a una actitud combativa, encajando con la tendencia izquierdista de muchos jóvenes del momento. Aunque eso no quita que Pedemonte, como ocurría con tantos argentinos de su época, fuera un confeso peronista, por lo que su izquierdismo se diluía en los entresijos y complejidades de esa ideología tan particular. Las voces del disco son característicamente argentinas,  porque no esconden para nada su acento tan reconocible. Por supuesto, eso no es nada malo, todo lo contrario, pues aporta al disco un aire muy personal.


Se inicia este LP con “Silencio para un pueblo dormido”, que es un hard blues impresionante desde el primer hasta el último segundo (dura más de nueve minutos). La base rítmica suena espectacular y con unos punteos obra de Smilari que son de espanto. Los cambios de ritmo en este tema son constantes, pero sobretodo hay mucha imaginación proyectada en forma de electricidad. Seguimos con “La Tierra en 998 pedazos”, donde esta vez canta Pedemonte. Comienza de forma muy rápida con un riff a dos guitarras. La letra es siniestra y la música también, perfecta para un corte que hasta cierto punto es más cercano a Black Sabbath que al hard blues anterior. En el centro un cambio nos coloca en un emocionante medio tiempo con leves toques de teclado, hasta que esta parte va cogiendo fuerza y vuelve a alcanzar la velocidad de antes. A partir del minuto 5 entra un solo de guitarra descomunal que podrá volarte la cabeza si eres propenso a disfrutar con este tipo de drogas sonoras. El tercer tema es “Jugando a las palabras”, el cual se abre con un riff muy a lo Hendrix, mezclando aquí el hard rock con gotas de psicodelia. Durante unos minutos escucharemos otro de los solos mastodónticos de Smilari, siempre más fiero y pasional que virtuoso. Sigue el disco con “Para tener un poco más”, un corte más tranquilo que cuenta con la colaboración de Hector Lopez Furst al violín. En cambio, “Sexo Galáctico” es mucho más frenético, con una combinación de las dos guitarras en plan wah-wah y una base rítmica muy compacta. “La pálida de Nacho” es un tema muy cortito, pero magistral, con un solo de guitarra a dos bandas de ambos guitarras que corta el aliento. En comparación, “Vení amigo a la zapada” es mucho más rockanrolera, aunque en el centro vuelve a comienza adquirir un tono más progresivo. Se cierra el disco con “El rockito de la bufonada”, corte que tiene un tono de parodia y vuelve a contar con el violín de Hector Lopez, a la manera de algunos temas que John Mayall estaba haciendo por esa época.


En suma: este disco me parece una obra maestra, especialmente indicado a quien busque emociones fuertes a cargo de la guitarra eléctrica y muestras de eso que algunos llaman proto-heavy metal, esta vez con acento argentino.

 

Reseña de Antonio Ramírez    

 

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